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EZLN a 20 Años / El Universal

Manuel Camacho hace un ejercicio de memoria, pero aprovecha para recordar que el gobierno federal en ese entonces no reconoció el problema que vivía Chiapas

David Aponte

politica@eluniversal.com.mx

Su cabello es blanco y su rostro ajado. Han pasado dos décadas desde aquella noticia que sacudió al régimen de Carlos Salinas de Gortari y que puso los ojos de la comunidad internacional en un puñado de indígenas que desafiaron al Ejército mexicano. Manuel Camacho hace un ejercicio de memoria, pero aprovecha para restregarle al gobierno federal que nunca quiso reconocer el problema que vivía Chiapas. Pero, quizá lo más grave, un jefe del Ejecutivo con un gabinete “duro” que buscaba una salida militar.

Camacho vivía una situación particular: no fue ungido como candidato del PRI a la Presidencia y había aceptado la cartera de canciller. Desde ese puesto, se colocó como mediador entre el gobierno salinista y el EZLN. Acaparó la atención de los medios y los recelos. A 20 años, dice ser un sobreviviente de la política. Pero, ¿cómo se enteró del levantamiento armado en cuatro municipios chiapanecos la madrugada del 1 de enero de 1994?

“Mi suegro, el doctor Manuel Velasco Suárez, era chiapaneco y estaba en su casa en San Cristóbal. Entonces me llamó muy preocupado, diciendo estoy aquí con mis nietos, acaban de tomar la ciudad… unos cuantos minutos después me llamó el Presidente para informarme de lo mismo. Entonces ahí empezó mi involucramiento con el tema”, responde en entrevista con EL UNIVERSAL.

Han pasado 20 años. Ahora es senador por el PRD y usa corbatas amarillas. Camacho Solís deja clara su ruptura con Salinas de Gortari, quien estaba dispuesto a someter a los zapatistas.

— ¿Qué le dijo a su suegro?

— No, pues le dije estese ahí, no se mueva, vamos a ver de qué se trata. Me habló el Presidente y le propuse que fuera muy cuidadoso con el uso de la fuerza porque había turistas en San Cristóbal; se podía armar un escándalo internacional y le sugerí que estableciéramos contacto con el obispo Samuel Ruiz. Le ofrecí que yo iría directamente, volaría de Cancún, en donde estaba, al estado de Chiapas para tener una versión directa de los hechos. El Presidente me dijo que no lo hiciera que porque la situación era muy peligrosa y me citó para una reunión del Consejo de Seguridad, Gabinete de Seguridad Nacional, por la tarde, reunión a la que asistí el mismo día, uno de enero.

El escenario, prosigue, era el de entrar a una guerra civil. Su instinto político le decía que una salida represiva era muy peligrosa, “porque el tema no eran las armas, el tema era todo lo que había detrás”.

— ¿El Presidente qué le dice, siente alguna receptividad de él?

— No, el Presidente estaba muy preocupado. Realmente era un asunto gravísimo. La primera apuesta del gobierno fue a que podían someter a la guerrilla en unos cuantos días, nada más que para eso había que escalar el uso de la fuerza y eso estaba provocando reacciones internacionales, porque esto no estaba ocurriendo en un ambiente aislado, sino en un mundo globalizado. Lo que se hacía en Chiapas se transmitía de inmediato al resto del mundo. Entonces cuando los zapatistas tratan de tomar el cuartel de Rancho Nuevo, están a punto de tomarlo, se tiene que escalar el uso de la fuerza, entra la Fuerza Aérea y ahí empiezan las críticas de las organizaciones de derechos humanos, diciendo que están matando a los indígenas.

“Entonces era un asunto que no se podía resolver con los viejos patrones de conducta del Estado mexicano, como habían resuelto los problemas de otras guerrillas en el pasado. Entonces, bueno, lo primero es que traté de comprender por qué, quiénes, qué era lo que explicaba esto y a partir de ello pues ver cuál pudiera ser una fórmula de solución que no fuera nada más policiaca o militar”, recuerda.

— Usted tenía muy pocos días al frente de la cancillería, ¿cómo le plantea al presidente Salinas su incorporación como mediador?

— Los primeros días el gobierno del Presidente no tenía interés en oír ninguna otra opinión. Estaba en una crisis, estaban atacando al Ejército, tenía la obligación como jefe de Estado de defender a la institución, de tratar de reestablecer el orden y entonces estaba cerrado a cualquier tipo de reflexión. Estaba en la urgencia de contener la bronca. Entonces, para el día 10 que hablo con él ya muy a fondo, pues le planteo los dilemas éticos, los dilemas de estrategia política que había en el tema de Chiapas y se da cuenta de que yo tenía razón, que el asunto ya había escalado a niveles mucho más graves y que no se iba a resolver nada más con una acción militar. Lo convenzo y es a partir de ahí que se dan cambios en el gabinete; cambia el secretario de Gobernación, al Procurador y se consolida la posición de Jefe del Departamento del Distrito Federal, a las tres posiciones entran personas con las que yo tenía una relación cercana, el doctor (Jorge) Carpizo, el doctor Diego Valadés, y Manuel Aguilera. Entonces sí había por parte del Presidente una reacción de ver esto como tema del Estado y no nada más de ver cómo ganaba una batalla militar. Y creo que eso es lo que abrió el espacio para poder frenar la guerra.

“A los dos días me fui a Chiapas con un mensaje de paz, pero no un rollo de paz, sino con la decisión del gobierno mexicano de cesar toda iniciativa de fuego: se decreta en la mañana el alto del fuego y así me voy yo a San Cristóbal de las Casas con el doctor González Casanova, con Pablo y con el obispo Samuel Ruiz, entonces ya era otro ambiente. Tuvimos que invertir rápidamente el estado de opinión que estaba siendo cada día más desfavorable al gobierno mexicano y generar una opción distinta”.

— ¿Había dentro del gabinete alguna posición dura?

— Todas, todas, el gabinete estaba con una línea dura, yo era la voz que estaba en una posición distinta y pues una voz aislada, ¿no?

— ¿Quiénes eran los más duros, los militares?

— Los militares estaban en los suyo, estaban siendo atacados, se estaban defendiendo. Los miembros del gabinete, todos estaban, los que tenían más influencia, por la idea de frenar al EZLN, acabar con él.

— Antes de esto, ¿qué ocurrió en el entorno de la inteligencia del gobierno? Se ha dicho que no se sabía, se ha dicho que sí se sabía pero no se actuó.

— Eso lo platiqué con el secretario de Gobernación (Patrocinio González), que además había sido gobernador en Chiapas. Él no le dio importancia, pensaba que él tenía controlado el estado. Creo que nunca se imaginó que esto iba a ocurrir, sabía que había estos grupos, pero no les dio ninguna importancia.

“La otra información era la que tenía el Ejército, tenía fotos y manuales. Yo la vi en la mesa del secretario de la Defensa (Antonio Riviello Bazán), pero el Ejército lo que estaba buscando era lo que le importa a los ejércitos, que son las armas, ¿verdad?”

— ¿Cómo hace contacto con el subcomandante Marcos?

— En la desesperación. Los zapatistas no tenían ningún interés de llegar a un acuerdo, un diálogo ni mucho menos, seguían sumamente radicales. Entonces es ahí donde yo intento ir a la selva a ver qué pasa, ¿no? Me voy a jugar el todo por el todo, fui y es ahí donde…

— Y es cuando deciden comenzar las conversaciones de catedral.

— Es cuando primero se acepta la liberación del general Absalón Castellanos, y también es a partir de ahí que se acepta preparar los diálogos de San Cristóbal. Samuel Ruiz fue el mediador de todo. Todas las cosas que ellos mandaban me las entregaba, las cosas que yo quería se las mandaba a través de él.

— ¿Ahí cuál fue el momento más complicado?

— Todo, todo, es un momento difícil. Simplemente lograr llegar ahí fue dificilísimo. Ellos estaban convencidos de que iba a haber una traición. Va a pasar lo de Zapata, va a haber un asesinato tipo Chinameca. La única manera de resolverlo fue que me puse como escudo. Entonces si pasa algo, vamos los dos, en el caso del subcomandante Marcos, y así lo hicimos con gente de toda mi confianza, que era un grupo muy reducido de personas, fuimos por los comandantes del EZLN sin ninguna protección y siendo nosotros rehenes de ellos entramos a la catedral con ellos armados y nosotros desarmados. Pero eso mismo fue lo que nos ganó legitimidad frente a ellos porque se veía que estábamos totalmente convencidos de la causa que defendíamos y que era una acción valiente, otra cosa que ellos respetaban. Eso fue lo que permitió que nos sentáramos, pero la negociación fue totalmente difícil; ellos habían perdido la confianza en las instituciones, lo que querían era que cayera el gobierno, querían una insurrección armada.

“Él mantuvo comunicación cotidiana con Salinas, a través de un teléfono encriptado. Llamaba desde las oficinas del obispado de San Cristóbal de las Casas”.

— ¿Qué tanta confianza se estableció entre usted y Marcos?

— Pues creo que nunca puede haber una gran confianza entre dos personas que representamos posiciones tan diferentes; pero cuando se despide, Marcos hace un gran reconocimiento al papel que nosotros jugamos. Cuando nos sentamos en San Cristóbal, cuando termina el primer diálogo, Marcos reconoce el papel del mediador, del obispo Samuel Ruiz, con muchos elogios, y luego reconoce el papel mío con un nivel de aprobación que hubiera parecido impensable cuando empezamos.

— Mucho se decía que usted estaba tomando un protagonismo excesivo, que estaba opacando la campaña presidencial del candidato priísta Luis Donaldo Colosio.

— Lo que pasa es que nosotros estábamos situados donde estaba la noticia. ¿O a poco el New York Times sacaba una declaración de tu servidor en primera plana porque yo indujera la noticia? La sacaba porque yo le pedía perdón a los indígenas en el momento que estaba viviendo en ese lugar del país en una noticia que para ellos era importante, pues era un mensaje que les llamaba la atención.

“Entonces, lo único que estaba haciendo era actuar con absoluta determinación a favor de la paz, sí me creí mi misión”.

— Viene marzo y un avance importante en las negociaciones, la consulta zapatista, usted en Chiapas, otra vez, ¿cómo sentía ese momento antes del asesinato de Colosio?

— Mira cuando nos levantamos de los diálogos, cuando fui a dejar a Marcos, yo estaba absolutamente convencido de que íbamos a firmar la paz y creo que ellos también estaban convencidos, ya estábamos revisando el primer plan de paz… Y ahí matan a Colosio.

— Esa noche del 23 ¿qué pasa?, ¿qué siente usted?

— Como que había caído un meteorito al suelo, ¿no? Yo estaba en mi oficina, estábamos hablando, estábamos terminando la conversación, cuando nos anuncian adentro de la oficina del obispado que había pasado eso. Entonces suspendimos todo, salimos para regresar rápidamente a México.

— ¿Y en la parte política cómo se sintió Manuel Camacho? Se dijo que la bala que había matado a Colosio lo había herido a usted.

— La parte política quizá era lo que menos me importaba. Me importaban dos cosas: las consecuencias que yo veía que iban a venir con todo esto, que me parecían gravísimas para México y la seguridad de mi familia. Era un asunto de tal gravedad que qué te importan los puestos. Si de por sí, eso yo lo había dejado ya muy atrás, fue mi última plática con Colosio, él me había ofrecido ser senador, me ofreció ser miembro de su gabinete, tenía la mejor opinión sobre mi persona. La última declaración que hizo Colosio que nunca quisieron sacar los medios durante todo el sexenio de Zedillo fue la más favorable que alguien ha hecho sobre mi persona.

— ¿Cómo cierra el capítulo con el Ejército Zapatista?

— Con una última declaración en la que pedí una serie de cosas para garantizar la seguridad en Chiapas, una tregua. ‘Que quede claro que si ustedes no se mueven de estos lugares, el Ejército no va a actuar’, es decir, todo lo que se necesitaba para que después no hubiera más violencia, así me fui. Fue una declaración producto de una conversación que tuve con ellos.

— ¿Y con el presidente Salinas?

— Le llevé un informe de cómo estaba la situación del país y en Chiapas, se lo entregué en mano el último día, precisamente para que no fuéramos a cometer como gobierno una equivocación en lo que faltaba del sexenio y para alertar al país de lo que podía venir si no atendíamos esos temas de injusticias, de desigualdades extremas, de ingobernabilidad que estaban presentes en Chiapas, que pensaba podían extenderse a otras partes.

— ¿A 20 años, cómo ve las cosas?

— Creo que desaprovechamos la oportunidad, qué bueno que se paró la guerra, si no hubiera sido muy grave, pero creo que se desaprovechó la oportunidad, se pudo haber hecho una reforma constitucional que protegiera a las comunidades. Pudo haber habido una reconsideración de la política social, seguimos con la política clientelar, populista, electorera, el dinero se usa para ganar las elecciones.

— ¿Qué le hizo sentir satisfecho y qué le causó frustración?

— He vivido muchas cosas en la política, pero ésta para mí es la más importante, porque no hay nada como los temas de paz y guerra, cuando tú evitas que haya muertes a través de la acción política creo que ese es el punto más alto que puede tener un político. Me siento muy orgulloso de ese papel.

Camacho dice que luchó por lo que creía y eso le produjo enfrentarse a dos presidentes. Pagó los costos y se le cerraron las puertas, las oportunidades en cargos públicos. Se levanta de la mesa. Se lleva la mano a la cabeza. Han pasado 20 años y los recuerdos están vivos.

jlr